~ Siempre recuerdo una frase que escuché una vez viendo Ultraman: "Qué hermoso sería este mundo si estuviera libre de monstruos intergalácticos." Entonces, reparo que vivo en un mundo libre de monstruos intergalácticos y me siento bien.
Ok, existen las guerras, el hambre y el Transantiago; pero un monstruo intergaláctico es como todo eso y de alguna forma peor, porque excede la escala humana. Además, irrumpe sin aviso. Un día cualquiera nos despertamos y escuchamos en las noticias que el tráfico está cortado porque hay un monstruo intergaláctico causando destrozos en la bahía de Valparaíso. Y nos preocupamos por nuestra familia y amigos, y rogamos para que no sea de los que tiran fuego, y para que sea fácil de eliminar y no de esos que se vuelven a regenerar una vez destruidos o que se convierten en varios monstruos más pequeños que después vuelven a crecer. Y la salida a la playa y la ida al cine quedan para otra vez, porque al monstruo se le ocurre inundar la playa y aplastar el cine.
Bueno, podría decirse que un monstruo intergaláctico es un pobre animal incomprendido. Que de un día a otro se encuentra en un planeta lejos de su galaxia y no sabe bien que hacer, y se desespera, y comienza a destruir porque todo le parece extraño y quizá peligroso. Lo correcto, entonces, sería capturarlo y liberarlo en una reserva en la Patagonia, donde pueda ser feliz a su manera. Quizá eso harían los ecológicos islandeses. En Chile se argumentaría falta de recursos y se tendría por única solución matar al monstruo. Nuestras autoridades tienen oficio en aquello de matar y posiblemente sea lo único que saben hacer bien: de los perros vagos a los monstruos intergaláctico hay sólo un paso cuantitativo. Además, eliminar al visitante se volvería imperativo para el Gobierno, ya que la oposición cuestionaría la competencia de la presidenta y acuñaría algún concepto mediático análogo al de la "puerta giratoria", algo así como "el carnaval de los monstruos". Y la señora entrevistada a la salida del metro diría: "Los monstruos tienen chipe libre, ya estamos cansados del carnaval y el Gobierno no hace nada. Yo tengo niños chicos." No habría forma de que la justicia y la bondad fueran aplicables al caso. Ishiro Honda dijo una vez: “Los monstruos nacen demasiado grandes, demasiado fuertes, demasiado pesados, ésa es su tragedia.”
Los monstruos siempre han sido una buena metáfora. De hecho, cuando Ishiro Honda concibió a Godzilla (Gojira para los entendidos) no imaginó sólo una iguana gigante fascinada en destruir con técnicas de luchador de sumo frágiles ciudades de cartulina, sino que también pensó en el peligro atómico. Godzilla era un ser mitológico que abandonaba la seguridad del imaginario al ser despertado por el ruido nuclear. Entonces el Mundo perdía una tranquilidad que se daba por descontada y comenzaba una era apocalíptica, la era de los monstruos. En la primera película, el profesor Serizawa, consciente de que la bestia no es el enemigo, se niega a dar a conocer un arma capaz de destruir al monstruo, pero también capaz de destruir cualquier otra cosa. Serizawa decide sacrificar su vida para mantener el secreto de la súper arma, pero sabe que será cuestión de tiempo para que el ingenio humano la vuelva a concebir. Necesariamente, la era de los monstruos será seguida por la destrucción total. Hevy.
En cuanto a mí, los monstruos intergalácticos son un recordatorio, al modo de las danzas macabras, de que las cosas siempre pueden ir peor, de que toda alegría, todo mínimo bienestar subvalorado, es un préstamo revocable unilateralmente por el destino.



