~ El otro día fui a ver 2046, que se supone es una de las obra maestras del cine del último tiempo. No caché nada, me aburrí mucho, estuve a punto de salirme del cine y pedir que me devolvieran la plata de la entrada. No me salí porque siempre confío en que las películas se arreglen en algún momento, que alguna escena a modo de pase mágico le de sentido a toda la lata anterior. Hay películas en que pasa eso: que se sostienen, que se salvan y que incluso llegan a ser muy buenas gracias a una única escena cuyo fulgurante esplendor reivindica todo lo demás. Es el caso, por ejemplo, de Cuatro bodas y un funeral, con la escena de la lectura del poema de Auden, y de El pescador de ilusiones, con la del baile en la estación. Y aunque en 2046 hay una breve parte que me gustó mucho, no fue suficiente, la película me lateó hasta el final.
Me da lata que haya películas que estén más allá de mi sensibilidad. Se podría decir que el juicio estético no está estructurado sobre categorías universales y necesarias y que, por tanto, la sensibilidad estética de cada cual es un mundo autónomo, con reglas inmunes a los criterios de verdad o falsedad, de correcto o errado. Sipo, se podría decir eso. Pero también se podría decir (no necesariamente en contradicción con la anterior) que como la sensibilidad es la capacidad para penetrar y apropiarse del sentido de las cosas, al no valorar o entender determinadas manifestaciones estéticas, que otros sí valoran o entienden, de algo nos estamos perdiendo. No me atormenta demasiado carecer de la sensibilidad necesaria para entender el arte de los grafiteros; sin embargo, por una cosa quizá de snobismo, me molesta no cachar cuál es la gracia de una película que todos los críticos alaban hiperventiladamente.
La película es china, lo cual es un dato menor, ya que su tema es universal: el amors ashí. El protagonista es un escritor y periodista, que según nos enteramos por unas rápidas escenas del comienzo, se enamoró alguna vez de una mujer que falleció en trágicas circunstancias. Se muda a un hotel y arrienda una pieza, la 2046. Ahí pasa su tiempo escribiendo, a la vez que se relaciona, más o menos sentimentalmente, con una pasajera del hotel, con una jugadora de naipes profesional y con la hija del arrendatario. Para esta última escribe un cuento futurista que titula 2046.
La película se me hizo lenta, muy lenta, demasiado confusa y me parecía que nunca entraba en materia. Pero, aunque nunca logré cachar bien que pasaba, la trama me quedó dando vueltas y aún me sigue dando vueltas, y de tanta vuelta como que de a poco me ha hecho sentido. No sé si se trata del sentido que corresponde darle, pero de cualquier forma es un sentido y darle a algo el sentido que sea ya implica alguna sensibilidad, dicen.
Mi interpretación de la trama va más o menos así: El protagonista vive anclado en el pasado, en la historia de amor que por el fallecimiento de su enamorada no pudo ser. La intensidad de ese recuerdo, de la posibilidad perdida, le impide reconstruir su vida de manera saludable y tiñe de sombrío pesimismo su visión del futuro, ya que entiende aquel amor fallido como lo único que hubiese sido capaz de proporcionarle una real felicidad. Trata de buscar a su amada en otras mujeres; sabe que es algo imposible e inconfesable, pero a eso dedica su vida. En cada una de las mujeres con las que se relaciona encuentra algo de su añorada enamorada; en la pasajera del hotel, la pasión, el romance; en la jugadora de naipes, el compromiso; en la hija del arrendatario, la complicidad. Si bien, juntos dichos elementos son la base de una sólida relación de pareja, por separado la condenan al fracaso. El protagonista entiende eso respecto de las dos primeras mujeres, pero trata de hacer prosperar la relación con la hija del arrendatario. En este último caso ella es la que entiende que el asunto no puede ser, que la sola complicidad no es más que amistad.
Bueno, ahora que la trama me ha hecho algún sentido, aquella breve parte de la película que me gustó desde un comienzo, me gusta cada vez más. Se trata de la visualización de la historia futurista que el protagonista escribe para la hija del arrendatario. Habla el cuento de que en futuro un tren recorre el Mundo y conduce a sus pasajeros a una zona llamada "2046", donde los recuerdos existen para siempre y desde la cual nadie nunca ha vuelto porque nadie nunca ha querido volver. A cada pasajero le asignan un androide como asistente de viaje. Un hombre aborda el tren. Le advierten que no se enamoré de la androide que le ha sido asignada; replica diciendo que es absurdo enamorarse de una máquina. Se enamora de la androide y le confiesa su amor; la androide no reacciona. Le explican que la velocidad del tren influye en el mecanismo de los androides, de tal forma que al cabo de un tiempo las reacciones de éstos se vuelven retardadas, a veces hasta en 10 horas. El hombre insiste en conquistar a la androide, pero ella sigue sin reaccionar. El hombre piensa, entonces, que la androide no reacciona, no porque su mecanismo funcione mal, ni porque no tenga capacidad de amar, sino porque ama a alguien más. Y así se convierte en el primero en volver desde la zona "2046".
Aún me parece latera la película.
Música de las escenas del hombre y la androide:
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