Elizabethtown



~ Hoy fui al cine y vi Elizabethtown. Originalmente mi intención era ver King Kong, pero llegué atrasado y a la hora en que llegué lo único disponible para ver era Elizabethtown. Es divertido aquello de que varias de las películas que más me han gustado las haya visto por accidente. Sí, claro, la vida es como una caja de bombones...jaja.

La película es un conglomerado de clichés en torno a una anécdota no muy original: Un joven exitoso de pronto sufre un estrepitoso fracaso ( o sea un fiasco, como él aclara) y lo humillan, lo despiden, lo deja la polola. Decide, entonces, suicidarse. En esa está cuando suena el teléfono y le informan que su padre ha muerto y que tiene que viajar al pequeño pueblo de Elizabethtown para hacerse cargo del funeral. El viaje será un experiencia de aprendizaje y reconciliación con la vida, al final del cual comprenderá que nunca nada está perdido...siempre que se tenga el ánimo de ofrecer el corazón, claro. Es una trama que me evoca el argumento de muchas otras películas que he visto (incluso el de la película del Fuget): ni sorprendente, ni especial, predecible desde la primera escena. Además, el desarrollo de la idea está plagado de lugares comunes y de cosas que me parece recordar de otros lugares filmicos(incluyendo una descarada copia de una escena de Amélie). El guión tiene momentos inverosímiles y hay un par de detalles que nunca terminan de cuadrar. Los personajes se aparecen bastante caricaturescos, especialmente la hiperventilada azafata que interpreta Kirsten Dunst y que le agrega el ingrediente de comedia romántica a la cuestión. La película hace aguas por todos lados, pero es una gran película. Una de las mejores que he visto.

Los meritos de Elizabethtown comienzan por la banda sonora. Cameron Crowe ( el director) es un gran dj; uno podría cerrar los ojos y dedicarse a escuchar la música y con eso ya estarían justificados los 2.000 pesos de la entrada. A Crowe le gusta fundamentalmente el rock de los años ’70, aunque también incluye canciones de la más heterogénea procedencia. La música envuelve con precisión la trama y la penetra de emotividad y calidez. Y, entonces, comienzan a aparecer escenas de entrañable belleza. Especialmente, aquella en que el protagonista, de vuelta a su casa, atraviesa en auto los Estados Unidos escuchando los CDs de música que para la ocasión le ha grabado la azafata hiperventilada.

La misma calidez emotiva de la música, emana también del fino humor que despliega gran parte de la historia (aunque hay algunos momentos excesivos y otros fallidos, especialmente los que dicen relación con la madre del protagonista). Y, a pesar de lo caricaturesco de los personajes, hay una cierta comprensión de lo humano y una cierta visión de las cosas, de la vida, que inspira. La película exuda un optimismo inspirador, que no se percibe artificial y que no tiene que ver (al menos no demasiado) con lo políticamente correcto ni con las investigaciones de mercado de los estudios Disney. Ello me parece es atribuible a que, efectivamente, Crowe debe ser un tipo optimista. Y sí, esa es la cuestión: la película es honesta, o al menos se percibe muy honesta.

La calidez y el honesto optimismo que trasmite la película son los factores que la mantienen a flote, que le dan unidad y que, en definitiva, la hacen brillar. El tono es lo que la salva y la hace disfrutable, muy disfrutable. Bueno, sabido es que en el arte lo que importa, más que la coherencia lógica de los contenidos, es el tono, o sea, lo gracioso, evocativo o sublime que pueda haber en la forma. Entonces, qué importa que en la áspera realidad sea imposible que exista alguien que (sin padecer alguna manía u otro trastorno psicológico) tenga la energía inagotable, la alegría desbordante y la generosidad desprejuiciada de la azafata hiperventilada. Lo que importa, más bien, es que todos lamentamos que no exista alguien así. Bueno, al menos yo lo lamento.

Bonita la peli. Le doy 5 merendinas.